Las úlceras arteriales son heridas relacionadas con una disminución persistente del flujo sanguíneo hacia los tejidos de las piernas y los pies. Suelen aparecer en los dedos, los bordes del pie, el talón, las prominencias óseas y otras zonas expuestas a presión o traumatismos.

Su evolución depende, en gran medida, de la cantidad de sangre y oxígeno que logra alcanzar el tejido. Por este motivo, el tratamiento requiere estudiar la circulación, proteger la herida y abordar los factores que influyen sobre la salud vascular y la reparación tisular.

Atravesar esta situación puede resultar agotador. El dolor, las dificultades para dormir, la limitación para caminar, las curaciones frecuentes y la incertidumbre sobre la evolución pueden afectar profundamente la vida cotidiana.

En SANA llevamos más de 10 años acompañando a personas con heridas complejas. Entendemos que detrás de cada úlcera existe una historia clínica y personal que requiere una evaluación completa, una estrategia especializada y un seguimiento sostenido.

¿Qué es una úlcera arterial?

Una úlcera arterial es una pérdida de continuidad de la piel asociada con una disminución del flujo sanguíneo arterial.

Las arterias transportan sangre rica en oxígeno desde el corazón hacia las piernas y los pies. Cuando una arteria se estrecha o se obstruye, los tejidos reciben menos oxígeno, nutrientes y células necesarias para conservar su vitalidad y reparar una lesión. En estas condiciones, una ampolla, el roce del calzado, una presión sostenida o un traumatismo pequeño pueden dar origen a una herida de evolución prolongada.

Las localizaciones más frecuentes incluyen:

  • Dedos y espacios interdigitales.

  • Bordes interno y externo del pie.

  • Dorso del pie.

  • Talón.

  • Región de los maléolos.

  • Tercio inferior de la pierna, especialmente la zona anterior o pretibial.

  • Prominencias óseas y otros puntos de presión o traumatismo.

La úlcera representa la parte visible de un problema circulatorio más profundo. Por eso, el tratamiento comienza determinando cuánta sangre llega al tejido y qué posibilidades existen de mejorar esa circulación.

Una herida localizada en el pie o la pierna también puede tener un origen venoso, neuropático, traumático, inflamatorio, infeccioso, tumoral o mixto. La historia clínica, el examen de la extremidad y los estudios de perfusión permiten establecer el diagnóstico y orientar el tratamiento.

   
¿Por qué aparecen las úlceras arteriales?

La causa más frecuente es la enfermedad arterial periférica, que se desarrolla cuando las arterias acumulan lípidos, células inflamatorias y tejido fibroso en sus paredes. Este proceso, conocido como aterosclerosis, estrecha progresivamente el espacio disponible para la circulación y reduce la llegada de sangre hacia las piernas y los pies. 

Durante un tiempo, el organismo puede compensar parcialmente esta disminución del flujo. Sin embargo, a medida que la enfermedad avanza, los tejidos disponen de una reserva circulatoria cada vez menor. La sangre puede resultar suficiente para conservar la piel en reposo, pero frente a una herida, una infección, una presión sostenida o una mayor demanda metabólica, el tejido necesita más oxígeno y nutrientes para reparar el daño.

Cuando esa necesidad supera el aporte disponible, la cicatrización se vuelve más lenta y la piel queda más expuesta a nuevos traumatismos. En algunas personas, además, la disminución del flujo arterial se combina con neuropatía, edema, deformidades del pie, fragilidad cutánea, presión sostenida o alteraciones de la movilidad. En estos casos, la úlcera puede tener una causa mixta y requiere abordar varios mecanismos al mismo tiempo.

Factores asociados

La enfermedad arterial periférica se encuentra estrechamente relacionada con la salud cardiovascular general y suele aparecer junto con diferentes factores que afectan la circulación.

El tabaquismo favorece la inflamación vascular, la aterosclerosis, la activación plaquetaria y la vasoconstricción, por lo que se asocia con una progresión más rápida de la enfermedad y con una menor durabilidad de algunos procedimientos vasculares. La diabetes, por su parte, puede comprometer simultáneamente la circulación, la sensibilidad, la respuesta inmunológica y la biomecánica del pie, aumentando la posibilidad de que una lesión pequeña evolucione hacia una herida compleja.

La hipertensión arterial y las alteraciones del colesterol contribuyen al daño progresivo de las paredes vasculares y al desarrollo de placas ateroscleróticas. La enfermedad renal crónica también puede aumentar la complejidad del cuadro debido a la calcificación arterial y la inflamación sistémica. A esto se suman la edad avanzada y los antecedentes de infarto, enfermedad coronaria o accidente cerebrovascular, que indican una mayor carga de enfermedad vascular.

Sobre un tejido con circulación limitada, factores locales como un traumatismo, el roce del calzado, una costura interna, una plantilla inadecuada o una deformidad del pie pueden ser suficientes para iniciar una herida.

Por este motivo, el tratamiento de una úlcera arterial no se limita al cuidado local. También busca proteger la extremidad y reducir el riesgo cardiovascular general, incluyendo el compromiso de las arterias del corazón y del cerebro.

Síntomas y señales tempranas

La enfermedad arterial puede producir cambios progresivos antes de que aparezca una úlcera. Uno de los síntomas más característicos es la claudicación intermitente, una molestia muscular que aparece al caminar y mejora al descansar. Puede sentirse como dolor, calambre, pesadez, tensión, cansancio o falta de fuerza, y localizarse en la pantorrilla, el muslo o la región glútea según el nivel de la obstrucción arterial.

Algunas personas reducen gradualmente su actividad para evitar estas molestias. En esos casos, la enfermedad puede manifestarse como una disminución progresiva de la movilidad, sin que exista un dolor claramente relacionado con una distancia específica.

Cuando el compromiso circulatorio avanza, puede aparecer dolor en reposo, habitualmente localizado en los dedos o el antepié. Suele intensificarse durante la noche o cuando la pierna permanece elevada, y puede aliviarse de manera transitoria al sentarse o dejar el pie hacia abajo, ya que la gravedad favorece parcialmente la llegada de sangre hacia las zonas más distales.

En personas con neuropatía o alteraciones de la sensibilidad, el dolor puede ser menos evidente. Por eso, también resulta importante observar otros signos, como:

  • Pie frío o diferencias de temperatura entre ambas extremidades.

  • Palidez al elevar la pierna.

  • Coloración rojiza, azulada o violácea al bajarla.

  • Pulsos débiles.

  • Piel fina, brillante o frágil.

  • Menor crecimiento del vello.

  • Uñas engrosadas o de crecimiento lento.

  • Heridas que mantienen una evolución prolongada.

¿Cómo suelen verse las úlceras arteriales?

Las úlceras arteriales suelen localizarse en zonas distales, como los dedos, el talón, los bordes del pie o las prominencias óseas. Con frecuencia presentan bordes relativamente definidos, un fondo pálido, fibrinoso o necrótico y una cantidad reducida de exudado. La piel circundante puede encontrarse fría, fina o frágil.

El dolor puede ser intenso, especialmente durante la noche o cuando la pierna se eleva. También es frecuente que la herida aparezca sobre un punto de presión, roce o traumatismo.

Estas características orientan el diagnóstico, aunque el aspecto de la lesión por sí solo no permite confirmar su origen. La evaluación definitiva integra la apariencia de la herida con la historia clínica, el examen vascular y las mediciones de perfusión.

¿Cómo se diagnostica una úlcera arterial?

El diagnóstico comienza con una evaluación clínica completa. Se analiza cuándo apareció la lesión, cómo se inició, cuánto tiempo lleva abierta, qué tratamientos recibió y cómo evolucionó. También se estudia la relación del dolor con la marcha, el reposo y la posición de la pierna. El examen incluye la temperatura y el color de la extremidad, la presencia de pulsos, la sensibilidad, la movilidad, la localización de la herida y las características de la piel. Los antecedentes de tabaquismo, diabetes, enfermedad renal, hipertensión, alteraciones del colesterol y enfermedad cardiovascular también aportan información relevante.

A partir de esta evaluación se seleccionan diferentes estudios vasculares. Cada uno analiza un aspecto particular de la circulación, por lo que sus resultados deben interpretarse en conjunto con los síntomas y las características de la herida.

Índice tobillo-brazo

El índice tobillo-brazo, conocido como ITB, compara la presión sistólica medida en el tobillo con la presión del brazo. En términos generales, un valor de 0,90 o menor es compatible con enfermedad arterial periférica, mientras que los resultados entre 0,91 y 0,99 se consideran limítrofes. Los valores progresivamente menores suelen asociarse con un compromiso circulatorio más importante. 

En personas con diabetes, enfermedad renal o calcificación vascular, las arterias pueden volverse rígidas y difíciles de comprimir, lo que puede generar resultados artificialmente elevados. En estos casos resulta necesario complementar el estudio con mediciones realizadas en los dedos.

Presión digital e índice dedo-brazo

La presión digital y el índice dedo-brazo permiten evaluar la circulación en las zonas más distales del pie. Como las arterias de los dedos suelen conservar una mayor compresibilidad que las del tobillo, estas mediciones son especialmente útiles en personas con diabetes, enfermedad renal o calcificación arterial. También ayudan a estimar la severidad de la isquemia y las posibilidades de cicatrización.

Ecografía Doppler arterial

La ecografía Doppler permite observar las arterias, localizar estrechamientos u obstrucciones y analizar la velocidad y las características del flujo sanguíneo. También aporta información sobre los vasos situados por debajo de la lesión y puede utilizarse para planificar una eventual revascularización.

Presión transcutánea de oxígeno y perfusión cutánea

La presión transcutánea de oxígeno, conocida como TcPO₂, estima la disponibilidad de oxígeno en los tejidos próximos a la piel. Puede utilizarse para valorar el potencial de cicatrización, estudiar zonas específicas, complementar resultados poco concluyentes y evaluar la respuesta después de una revascularización.

La presión de perfusión cutánea, por su parte, analiza el flujo en los pequeños vasos de la piel. Puede resultar útil en personas con diabetes o calcificación arterial y cuando existen diferencias entre los resultados de otros estudios.

Estudios anatómicos

La angiotomografía, la angiorresonancia y la arteriografía permiten observar con mayor detalle la anatomía de las arterias y la extensión de las obstrucciones. Se utilizan principalmente cuando el equipo vascular está considerando una revascularización, y la elección depende de la función renal, la distribución de la enfermedad, el procedimiento previsto y las condiciones generales del paciente.

La arteriografía permite además combinar el diagnóstico y el tratamiento, ya que durante el mismo procedimiento puede realizarse una angioplastia para mejorar el flujo sanguíneo.

¿Qué es la isquemia crónica amenazante de la extremidad?

La isquemia crónica amenazante de la extremidad representa la forma más avanzada de la enfermedad arterial periférica.

Puede manifestarse mediante dolor persistente en reposo, una úlcera de evolución prolongada, pérdida de tejido, necrosis o gangrena.

El diagnóstico integra la historia clínica, la extensión de la herida, la presencia de infección y las mediciones objetivas de perfusión.

Una de las herramientas utilizadas para estimar el riesgo es la clasificación WIfI, que analiza tres dimensiones:

  • Wound: extensión y características de la herida.

  • Ischemia: severidad de la disminución del flujo.

  • Foot infection: presencia y profundidad de la infección.

Esta clasificación ayuda a estimar el riesgo para la extremidad y el posible beneficio de una revascularización.

En términos simples, permite comprender cuánto tejido está comprometido, cuánta sangre recibe y qué impacto tiene una infección asociada.

Tratamiento de las úlceras arteriales

El tratamiento de una úlcera arterial requiere abordar de manera coordinada la circulación, el cuidado local de la herida, la presión sobre la zona, el dolor, las enfermedades asociadas y el riesgo cardiovascular.

Cuando la perfusión está comprometida, mejorar el flujo arterial se convierte en el eje del tratamiento, ya que ningún apósito puede compensar por sí solo una llegada insuficiente de oxígeno y nutrientes. A partir de esa evaluación, se define una estrategia que puede incluir revascularización, tratamiento farmacológico, control de los factores cardiovasculares, cuidado local de la herida, descarga, manejo del dolor y, en casos seleccionados, terapias reconstructivas o avanzadas.


Tratamiento integral de las úlceras arteriales

El tratamiento de una úlcera arterial debe abordar simultáneamente la perfusión, la amenaza de la extremidad, la infección, el riesgo cardiovascular y las necesidades locales de la herida. Los pilares que siguen expresan un orden de prioridad clínica, pero no constituyen una secuencia rígida: ante infección profunda, gangrena húmeda, sepsis o deterioro rápido, el control de la urgencia debe realizarse sin demora y de forma coordinada con el equipo vascular.

1. Perfusión y estrategia vascular

Evaluación vascular y revascularización

Cuando el flujo sanguíneo es insuficiente para sostener la viabilidad y la reparación tisular, la prioridad es cuantificar la isquemia, establecer el grado de amenaza de la extremidad y valorar la posibilidad de revascularización. Recuperar el aporte sanguíneo puede aumentar la llegada de oxígeno y nutrientes al pie, aliviar el dolor isquémico y crear mejores condiciones para conservar y cicatrizar los tejidos.

La elección del procedimiento depende de la gravedad de la isquemia, la extensión de la herida, la presencia de infección, la localización y complejidad de las obstrucciones, la disponibilidad de conductos, el estado funcional del paciente y el riesgo de la intervención. Según estas variables, puede recurrirse a una técnica endovascular, a una cirugía de bypass o a una estrategia híbrida.

Angioplastia

La angioplastia es un procedimiento mínimamente invasivo destinado a mejorar el paso de la sangre a través de una arteria estrechada u obstruida. Se introduce un catéter hasta la zona afectada y se infla un balón que amplía la luz arterial. En algunos casos se coloca un stent o se emplean dispositivos específicos para lesiones complejas o calcificadas.

Bypass arterial

El bypass crea una nueva vía para que la sangre rodee la obstrucción. Para construirla puede utilizarse una vena del propio paciente —preferentemente cuando es adecuada— o un conducto protésico. La sangre se dirige desde una arteria con buen flujo hacia un segmento situado por debajo de la obstrucción, con el propósito de restablecer la circulación distal.

Procedimientos híbridos

Los procedimientos híbridos combinan cirugía abierta y técnicas endovasculares durante una misma intervención. Permiten tratar enfermedad localizada en distintos niveles y adaptar la estrategia a anatomías complejas. La opción elegida debe ofrecer el mejor equilibrio posible entre recuperación del flujo, seguridad, función y durabilidad.

Dolor isquémico

El dolor arterial se produce por el sufrimiento tisular asociado a una perfusión insuficiente. En etapas avanzadas puede aparecer en reposo, intensificarse durante la noche o aumentar al elevar la extremidad. Algunas personas obtienen alivio parcial al colocar el pie en declive, aunque esta posición no resuelve la causa ni sustituye la evaluación vascular.

El tratamiento combina analgesia adaptada a la intensidad del dolor, protección atraumática de la herida, cambios de apósito cuidadosos, descarga de las zonas de presión y tratamiento de una posible infección. Cuando existe un componente neuropático pueden incorporarse medicamentos específicos para ese tipo de dolor. Sin embargo, la medida que actúa sobre la causa es la recuperación del flujo sanguíneo mediante angioplastia, bypass u otra estrategia vascular indicada.

También deben evaluarse el impacto sobre el sueño, la relación con la posición y el dolor durante las curaciones. Un aumento reciente o repentino puede indicar un deterioro de la perfusión, progresión de la lesión o infección y requiere una reevaluación clínica.

2. Infección y urgencias

Todas las heridas abiertas pueden contener microorganismos; esto no equivale por sí solo a una infección. La infección se diagnostica clínicamente cuando la actividad microbiana produce daño tisular y una respuesta del organismo. Deben vigilarse el aumento del dolor, el eritema progresivo, el calor, el edema, la induración, la secreción purulenta, la necrosis progresiva, la exposición o afectación de estructuras profundas, la fiebre y el deterioro general.

En una extremidad isquémica, los signos inflamatorios pueden ser menos evidentes. Por ello, también deben considerarse los cambios en la profundidad, el color del tejido, la extensión de la necrosis, el dolor y el estado general. Cuando existen signos clínicos de infección, los antibióticos sistémicos se seleccionan según la gravedad, los antecedentes y los resultados microbiológicos disponibles. Las muestras profundas obtenidas después de limpiar y desbridar la herida, cuando es seguro hacerlo, suelen ser más útiles que los hisopados superficiales.

La gangrena húmeda, un absceso, la secreción purulenta, la necrosis rápidamente progresiva, la infección profunda o el deterioro sistémico requieren evaluación urgente. El drenaje, la resección del tejido infectado y el tratamiento antimicrobiano deben coordinarse con la valoración vascular; en estas situaciones, el control de la infección puede ser prioritario o realizarse en paralelo con la revascularización.

Carga microbiana y biofilm

El biofilm aparece cuando los microorganismos forman comunidades adheridas a la superficie y producen una matriz que aumenta su tolerancia frente a las defensas del organismo y a algunos tratamientos. Puede mantener la inflamación y dificultar la evolución de la herida.

Su abordaje integra limpieza, desbridamiento cuando esté indicado y sea seguro, control de la humedad, antimicrobianos seleccionados durante períodos definidos y optimización de la perfusión. También deben corregirse otros factores que perpetúan la herida, como la presión, el edema, la profundidad no reconocida, la malnutrición o la discontinuidad del tratamiento.

3. Prevención cardiovascular

La enfermedad arterial periférica es una manifestación de aterosclerosis sistémica y se asocia a un mayor riesgo de infarto de miocardio, accidente cerebrovascular, progresión de la enfermedad vascular y muerte cardiovascular. Por ello, la prevención cardiovascular debe iniciarse desde el comienzo y mantenerse en paralelo con el tratamiento de la extremidad.

La estrategia puede incluir antiagregación plaquetaria, estatinas, control de la presión arterial y tratamiento de la diabetes. En pacientes seleccionados pueden indicarse combinaciones antitrombóticas específicas. La elección debe individualizarse según los antecedentes cardiovasculares, la función renal, el riesgo de sangrado, las interacciones y las demás condiciones de salud.

Mantenerse libre de tabaco

Abandonar el tabaco es una de las medidas con mayor impacto sobre la evolución de la enfermedad arterial. Mantenerse libre de humo ayuda a reducir la progresión de la aterosclerosis, favorece las condiciones para la reparación tisular y puede mejorar la durabilidad de los tratamientos vasculares.

El acompañamiento profesional, la intervención conductual y el tratamiento farmacológico aumentan las probabilidades de lograr una abstinencia sostenida. Cada período libre de tabaco aporta beneficios tanto para la extremidad como para la salud cardiovascular general.

4. Protección y descarga

La presión sostenida, el roce y los traumatismos repetidos pueden impedir la cicatrización incluso después de mejorar la circulación. La descarga busca redistribuir las fuerzas, proteger la zona lesionada y conservar la mayor funcionalidad posible sin comprometer la perfusión.

Según la localización de la úlcera, pueden utilizarse calzado terapéutico, plantillas, protectores de talón, dispositivos removibles, superficies especiales, reposicionamiento o adaptaciones temporales de la marcha. La elección debe considerar la forma del pie, la capacidad para caminar, el equilibrio, el riesgo de caídas y las actividades habituales del paciente.

Actividad física y rehabilitación

El ejercicio estructurado forma parte del tratamiento de la enfermedad arterial periférica con claudicación estable y puede mejorar la distancia caminada y la capacidad funcional. Sin embargo, cuando existe una úlcera activa, la actividad debe adaptarse a la perfusión, el dolor, la localización de la lesión y la descarga necesaria.

En algunos casos puede indicarse marcha protegida; en otros, ejercicios que reduzcan la carga sobre el pie. La rehabilitación puede incluir fortalecimiento, equilibrio, movilidad del tobillo, entrenamiento de transferencias y prevención de caídas. El objetivo es preservar la movilidad sin aumentar el traumatismo ni poner en riesgo la herida.

5. Cuidado local

El cuidado local protege los tejidos y crea condiciones favorables para la reparación mientras se estudia y trata la causa vascular. Debe adaptarse a la perfusión, la profundidad, el tipo de tejido, el exudado, el dolor, la presencia de cavidades y la fragilidad de la piel.

Cuando el compromiso circulatorio es importante o aún no está bien definido, el objetivo inicial puede ser mantener la lesión estable, reducir los traumatismos y proteger una escara seca. Si la perfusión es compatible con la cicatrización o mejora después de una revascularización, puede avanzarse hacia una preparación más activa del lecho.

El cuidado local incluye limpieza suave, control del exudado, protección de la piel perilesional, manejo del dolor y reevaluación periódica. La evolución de la herida debe interpretarse junto con el estado vascular y clínico del paciente.

6. Desbridamiento prudente

El desbridamiento permite retirar tejido desvitalizado y materiales que interfieren con la reparación. Puede realizarse mediante técnicas cortantes, quirúrgicas, autolíticas, enzimáticas, mecánicas, biológicas o combinadas. La modalidad se selecciona según la perfusión, la profundidad, el tipo de tejido, el dolor, el riesgo de sangrado, la infección y el objetivo reconstructivo.

En una extremidad con perfusión insuficiente, una escara seca, adherida y estable puede actuar como cobertura protectora mientras se completa la evaluación vascular. No debe desbridarse de forma rutinaria antes de establecer si existe flujo suficiente para sostener la reparación.

Después de mejorar la circulación, el desbridamiento puede facilitar la valoración de la profundidad real, favorecer la formación de tejido de granulación y preparar el lecho para una matriz, un injerto o un cierre. Esta precaución no se aplica de la misma manera ante gangrena húmeda, absceso, infección profunda o deterioro sistémico, situaciones que requieren un abordaje urgente y coordinado.

7. Apósitos individualizados

La elección del apósito comienza por definir la perfusión, el estado clínico y el objetivo del tratamiento. La cobertura debe proteger la herida, controlar el exudado, disminuir el dolor y evitar traumatismos durante los cambios, pero nunca reemplaza la evaluación ni el tratamiento vascular.

En términos prácticos:

  • Escara seca, adherida y estable: mantenerla seca y protegida mientras se completa la evaluación vascular. Evitar hidrogeles y procedimientos que puedan desestabilizarla.

  • Herida dolorosa o piel frágil: utilizar interfaces atraumáticas y coberturas de baja adherencia.

  • Exudado leve o moderado: seleccionar espumas, alginatos o hidrofibras según la profundidad y las características de la secreción.

  • Exudado abundante: considerar hidrofibras, alginatos o apósitos superabsorbentes y proteger siempre la piel perilesional.

  • Herida seca con perfusión compatible con la cicatrización: puede considerarse un hidrogel para aportar humedad y favorecer el desbridamiento autolítico.

  • Infección o indicación antimicrobiana específica: utilizar el tratamiento local durante un período definido y reevaluar la respuesta. Una cobertura antimicrobiana no sustituye el drenaje ni los antibióticos sistémicos cuando están indicados.

Cuando la perfusión es suficiente, el objetivo es mantener un equilibrio de humedad: evitar tanto la desecación del tejido viable como la acumulación de exudado. El apósito adecuado es el que responde a la necesidad actual de la herida y permite valorar su evolución.

Terapias complementarias

Las terapias avanzadas no compensan una perfusión insuficiente, una infección no controlada ni una descarga inadecuada. Se consideran después de corregir o estabilizar estos factores y de definir el objetivo reconstructivo.

Terapia de presión negativa

La terapia de presión negativa puede utilizarse en heridas arteriales seleccionadas como parte de una estrategia reconstructiva. Puede ayudar a controlar el exudado, favorecer la formación de tejido de granulación, estabilizar el ambiente local y preparar el lecho para una cobertura. También puede emplearse para proteger injertos, acompañar heridas posteriores a una revascularización o tratar defectos después de amputaciones menores.

Su uso requiere una evaluación previa de la circulación, tejido viable y un objetivo terapéutico definido. La presión, la interfaz, el modo de aplicación y la frecuencia de los cambios deben adaptarse a las condiciones vasculares y tisulares.

Injertos, matrices y sustitutos tisulares

Los injertos cutáneos, las matrices dérmicas y otros sustitutos tisulares pueden incorporarse en heridas seleccionadas con pérdida de cobertura. Estas tecnologías aportan soporte estructural, cobertura de estructuras profundas o una matriz para la migración celular.

Su indicación exige perfusión suficiente, un lecho viable, control de la infección, manejo adecuado del exudado, descarga efectiva y un objetivo reconstructivo claro. Cada tecnología debe evaluarse según su composición, indicación, evidencia específica y función dentro del plan terapéutico.

Situación especial: compresión en úlceras mixtas

Algunas heridas combinan enfermedad arterial e insuficiencia venosa. En ellas pueden coexistir edema, exudado, cambios cutáneos venosos, pulsos disminuidos y alteraciones en las mediciones de perfusión.

Cuando la circulación arterial presenta valores compatibles, una compresión cuidadosamente seleccionada puede ayudar a controlar el edema y la hipertensión venosa. Su intensidad debe adaptarse a la evaluación hemodinámica —incluidos el índice tobillo-brazo, la presión de tobillo o la presión digital—, al dolor, al estado de la piel y a la evolución clínica. Cuando el compromiso arterial es grave, la evaluación vascular y la recuperación del flujo ocupan el centro de la estrategia.

¿Cuándo se requiere una evaluación urgente?

Algunos cambios pueden indicar una reducción rápida de la circulación o una infección profunda.

La atención inmediata resulta importante ante:

  • Dolor intenso de aparición repentina.

  • Pie súbitamente frío o marcadamente pálido.

  • Coloración azulada o negra de rápida progresión.

  • Pérdida reciente de sensibilidad.

  • Debilidad para mover el pie o los dedos.

  • Gangrena húmeda.

  • Secreción purulenta.

  • Fiebre, confusión o deterioro general.

  • Aumento acelerado del dolor en reposo.

  • La combinación de dolor repentino, palidez, frialdad, alteración de la sensibilidad y debilidad puede corresponder a una isquemia aguda.

La atención temprana aumenta las posibilidades de recuperar la circulación, conservar los tejidos y preservar la función de la extremidad.

¿Cuánto tiempo tarda en cerrar una úlcera arterial?

El tiempo de cicatrización varía entre cada persona. Los factores que más influyen son la perfusión, la posibilidad de revascularización, el tamaño, la profundidad, el tiempo de evolución, la presencia de necrosis o infección, la presión sobre la zona, la movilidad y las enfermedades asociadas.

Algunas lesiones pequeñas pueden evolucionar favorablemente después de mejorar la circulación y proteger el área. Las heridas extensas, profundas o asociadas con isquemia avanzada suelen requerir períodos más prolongados y una estrategia reconstructiva de mayor complejidad.

Más importante que establecer una fecha exacta es evaluar la trayectoria o tendencia del proceso de cicatrización.

La evolución puede medirse observando la reducción de la superficie y la profundidad, la aparición de tejido viable, el control del dolor, la estabilización de los bordes, el avance de la epitelización, la mejoría de la perfusión y la recuperación funcional. Cuando la evolución resulta limitada, corresponde revisar la circulación, la presión, la infección, el estado del lecho, la nutrición y el diagnóstico.

Cómo prevenir una úlcera arterial

La prevención se basa en detectar tempranamente la enfermedad arterial, controlar los factores cardiovasculares y proteger los pies frente a traumatismos.

Las principales medidas incluyen:

  • Suspender el hábito tabaquico.

  • Control de enfermedades como diabetes, presión arterial alta y el colesterol elevado.

  • Realizar actividad física según indicación.

  • Revisar los pies diariamente.

  • Utilizar calzado adecuado.

  • Hidratar la piel.

  • Controlar las uñas y los puntos de presión.

  • Proteger los pies del frío y del calor intenso.

  • Consultar ante cambios de color, temperatura o sensibilidad en piernas y/o pies. 

  • Mantener los controles vasculares y el tratamiento indicado.

Por qué elegir un equipo especializado en heridas complejas

El tratamiento de una úlcera arterial surge de una estrategia coordinada.

Requiere identificar la causa, medir la perfusión, evaluar la posibilidad de revascularización, proteger la herida, seleccionar el momento del desbridamiento, controlar la infección, descargar las zonas de presión y tratar los factores cardiovasculares.

En SANA llevamos más de 10 años trabajando en heridas complejas y reparación tisular.

Nuestro equipo acompaña a pacientes, familias e instituciones mediante evaluación especializada, protocolos basados en evidencia, coordinación con cirugía vascular y otras especialidades, atención hospitalaria y domiciliaria, selección racional de tecnologías y seguimiento adaptado a cada etapa.

Una úlcera que persiste, presenta dolor, aumenta su profundidad o mantiene una evolución limitada merece una evaluación vascular completa.

Revisar el diagnóstico y la estrategia puede cambiar el rumbo de la cicatrización.

Si tenés una úlcera arterial o necesitás una segunda opinión especializada, escribinos. Un integrante de nuestro equipo va a conocer tu situación y orientarte sobre los próximos pasos.

Preguntas frecuentes sobre úlceras arteriales

¿Cómo se trata una úlcera arterial?

El tratamiento combina evaluación vascular, recuperación del flujo sanguíneo cuando corresponde, cuidado local de la herida, descarga de las zonas de presión y control de los factores cardiovasculares.

El apósito se selecciona según el tejido, el exudado, la profundidad y la perfusión.

¿Qué causa las úlceras arteriales?

La causa más frecuente es la enfermedad arterial periférica, habitualmente relacionada con aterosclerosis.

El tabaquismo, la diabetes, la hipertensión, el colesterol elevado, la enfermedad renal y los antecedentes cardiovasculares aumentan el riesgo.

¿Cómo saber si una úlcera es arterial o venosa?

Las úlceras arteriales suelen aparecer en los dedos, el pie, el talón o puntos de presión. Con frecuencia presentan poco exudado, bordes definidos, dolor y una extremidad fría.

Las úlceras venosas suelen localizarse en el tercio inferior de la pierna y se asocian con edema, cambios de coloración y mayor cantidad de exudado.

La evaluación de los pulsos y los estudios vasculares permiten establecer el origen.

¿Una úlcera arterial puede cicatrizar?

Sí. La posibilidad de cicatrización depende de la perfusión, el tamaño, la profundidad, la infección, la presión y las enfermedades asociadas.

La revascularización puede mejorar significativamente las condiciones de reparación en pacientes seleccionados.

¿Cuándo se realiza el desbridamiento?

El momento se define según la perfusión y las características del tejido. Una escara seca y estable puede conservarse mientras se completa la evaluación vascular. Después de mejorar la circulación, el desbridamiento de tejido húmedo puede facilitar la preparación del lecho.

¿Se puede utilizar compresión?

La compresión puede utilizarse cuando existe un componente venoso asociado y las mediciones de perfusión muestran valores compatibles.

En úlceras mixtas puede indicarse una compresión modificada con controles frecuentes.

¿Qué profesional evalúa una úlcera arterial?

El abordaje suele requerir la participación de especialistas en cirugía vascular o angiología y de un equipo capacitado en heridas complejas. También pueden intervenir profesionales de diabetología, infectología, cardiología, rehabilitación, nutrición y podología.

 

Las recomendaciones generales de este artículo se basan en guías internacionales, documentos de consenso y publicaciones científicas revisadas por pares. La información tiene fines educativos y acompaña la evaluación clínica individual.

 

 

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    El Dr. Juan Ignacio Saverino es médico egresado de la Universidad de Buenos Aires (Diploma de Honor) y especialista en heridas complejas y cicatrización avanzada.Con más de 10 años de experiencia, se enfoca en terapias como presión negativa, matrices dérmicas y abordajes integrales para defectos tisulares. Es director médico de SANA, donde lidera la implementación de soluciones innovadoras basadas en evidencia para optimizar los resultados clínicos.